Cuando hablamos de mayordomía, frecuentemente encontramos el concepto de las 4 "T": el tiempo, los talentos, el templo y los tesoros. Algunos, resumen en estos cuatro elementos lo que significa la mayordomía para el cristiano, y en realidad, este resumen no está desenfocado. Cuando Dios creó los cielos y la Tierra, lo primero que estableció fueron los tiempos. El relato inicial menciona que Dios creó la luz (Génesis 1), y al finalizar cada día, se concluye diciendo "fue la tarde y la mañana, un día". En la creación del cuarto día, organizó el Sol, la Luna y las estrellas para medir los tiempos, las estaciones y los años. Por lo tanto, el tiempo fue un asunto importante en la creación. Al culminar la creación, estableció un espacio de tiempo, un día de 24 horas, el séptimo día (Génesis 2:1-3), en el cual Dios terminó todo lo que había hecho y reposó. Así, bendijo el día de reposo y lo santificó, convirtiéndolo en un regalo especial para el hombre, un regalo de tiempo que recordaría al hombre que es criatura y que Dios es su creador. Apartó este día para ser utilizado de manera diferente a los otros días comunes, un día en el que el hombre entraría en armonía con su Creador y participaría en actividades que lo mantendrían cerca de Él.
En Génesis 1:29 en adelante, se narra la creación del hombre, donde el Señor le encomienda a este la tarea de "fructificar y multiplicarse", y le otorga talentos y dones para que administre la Tierra. Estos talentos deben ser administrados de manera responsable, reflejando la imagen de Dios. El apóstol Pablo, al dirigirse a los hermanos en Corinto (1 Corintios 4:2), les enseña que se requiere de los administradores que sean hallados fieles, destacando así la importancia de la fidelidad en la administración de los talentos que Dios nos ha dado.
Dentro del relato de la creación, Dios confió a Adán y Eva la responsabilidad de administrar los recursos de la Tierra, incluyendo los animales y la naturaleza misma. Les encomendó cuidarla, labrarla y gobernarla. Estos recursos debían ser gestionados adecuadamente, pero con la entrada del pecado, se hizo necesario que Dios estableciera regulaciones sobre su uso. Así, instituyó la práctica de apartar una parte de los recursos, como los diezmos y ofrendas, para propósitos específicos. Esto no solo recordaba al hombre que todo proviene de Dios, sino que también buscaba contrarrestar el egoísmo que había entrado en el corazón humano. Por lo tanto, tanto los diezmos como las ofrendas representan los tesoros que Dios nos proporciona y requieren una buena administración. Además de la fidelidad en su entrega, Dios también demanda una gestión sabia y responsable de lo que nos queda después de haber dado nuestros diezmos y ofrendas.
En Génesis 1, al finalizar la creación del hombre, Dios le concede toda planta y árbol que da semilla como alimento. Esto establece un régimen dietético inicialmente vegetal para el ser humano, destinado a mantener su salud. De hecho, mientras el hombre siguió esta dieta original, gozó de buena salud. Sin embargo, con la entrada del pecado, Dios permitió el consumo de animales limpios, lo que contribuyó al deterioro de la salud humana.
Además, Dios diseñó el trabajo en el campo como otro medio para desarrollar las facultades físicas del hombre. Esto permitiría al hombre disfrutar de la luz solar, el aire puro y el ejercicio, aspectos cruciales para una buena salud.
La mayordomía también implica el cuidado de nuestro templo, es decir, nuestro cuerpo, que es el santuario del Espíritu Santo. Como el apóstol Pablo señala en 1 Corintios 6, nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo y, por lo tanto, debemos cuidarlo. Esto incluye la atención a nuestra alimentación, nuestras acciones, nuestra vestimenta, nuestra higiene y lo que permitimos entrar en nuestra mente y corazón. Estas prácticas forman parte integral de la administración que, como mayordomos, hemos recibido de Dios.
Los dos primeros capítulos del Génesis establecen el principio fundamental de la mayordomía. Aunque toda la Escritura aborda este tema, estos capítulos resumen lo que Dios espera del ser humano y revelan su propósito original al crearlo. Dios anhela que sus hijos sean buenos mayordomos, no por egoísmo, sino para que disfruten la vida según su diseño original. A pesar de que el pecado ha perturbado las condiciones ideales, Dios sigue manteniendo principios a través de los cuales podemos disfrutar, incluso en medio del mundo caído. Oremos para que Dios nos ayude a ser fieles administradores en las áreas del tiempo, talentos, tesoros y nuestro propio templo.
Algunos me han preguntado; ¿Tuvieron hijos Adán y Eva en el paraíso, antes del pecado? La biblia no menciona específicamente que no los hayan tenido. Así como tampoco menciona que los hayan tenido. Sin embargo, en el desarrollo cronológico del libro los hijos aparecen después de la caída. Es después de ella que génesis 4:1 dice: y conoció adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín. Esto concuerda con lo que dice el libro patriarcas y profetas: Junto a su esposo, Eva había sido perfectamente feliz en su hogar edénico; pero, a semejanza de las inquietas Evas modernas, se lisonjeaba con ascender a una esfera superior a la que Dios le había designado. (PP 54, 42,3) No dice: junto a su familia, o junto a su esposo y sus hijos. El registro de la historia de la caída también es una pista de que no había hijos aún, pues solo se registra a Adán y Eva presentes en dicho escenario. Además si hubiesen existido hijos, estos habrían sido mal juzgados al ser también expulsado...
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