Las palabras de Jesús "Mi reino no es de este mundo" reflejan claramente su perspectiva sobre el reino del cual es representante. Estas palabras se mencionan en un contexto de disputa de reinos: por un lado, Pilato representa el imperio romano, y por otro, Jesús es acusado de ser un usurpador del reino judío. Aquellos que ejercen poder sobre este último desean recuperar su hegemonía, la cual ha sido eclipsada por Roma.
En medio de esta disputa de reinos y maniobras políticas, Jesús declara que su reino no pertenece a este mundo. Mientras Pilato y los líderes judíos hacen todo lo posible por mantener y fortalecer sus respectivos reinos terrenales, Jesús no muestra interés en el dominio sobre la Tierra. Su misión es la implantación del reino de Dios. La declaración "Mi reino no es de este mundo" refleja el enfoque de Jesús y establece un principio para sus seguidores, especialmente en estos tiempos, a menudo denominados "los últimos días".
Hoy, el mundo emplea todos sus esfuerzos y recursos en establecer sus propios reinos. La lucha final y la última crisis de la Tierra se centran en la disputa por el poder. El desenlace final será la prevalencia del reino de Dios sobre los reinos humanos. En este escenario, los poderes terrenales se unen con el objetivo de erradicar el reino de Dios, y sus seguidores sufren persecución por parte de estos poderes, que se sienten amenazados por la instauración del reino divino. Los poderes terrenales son conscientes de que el desarrollo del reino de Dios significará la pérdida de su propio poder y dominio, y por ello, intentan prolongar su reinado sobre la Tierra y evitar a toda costa el establecimiento definitivo del reino de Dios.
En el mundo actual, cada persona lucha por construir su propio reino. Desde los pequeños espacios de influencia hasta los grandes escenarios, cada individuo y nación se esfuerzan por mantener su dominio y soberanía. Cada país se esfuerza por mantener su territorio e, incluso, expandirse a otros si es posible. Los gobernantes municipales y departamentales también buscan mantener la hegemonía de su poder, procurando permanecer en el gobierno durante varios años o, al menos, asegurar que sus partidos políticos y seguidores continúen controlando los gobiernos que han construido. Esta lucha constante por el poder y el control es una característica intrínseca de la historia humana.
Todos estos reinos terrenales están centrados en el dominio sobre este mundo. Ninguno de ellos hace planes ni establece estrategias para gobernar fuera de este mundo, ya que la humanidad está limitada a gobernar solo aquí. Fuera de este mundo, existe un rey, un gobernante supremo: el Rey del cielo. Por esta razón, los reinos terrenales se limitan a este mundo y, en su afán de mantener su poder, tratan de eliminar el gobierno del reino celestial.
La lucha de los reinos humanos es, en última instancia, una lucha por el poder temporal y terrenal. Mientras tanto, el reino de Dios trasciende estas limitaciones, ofreciendo una perspectiva y un propósito que van más allá de lo mundano. La humanidad, en su búsqueda constante de poder, se enfrenta a la realidad de que hay un reino superior, uno que no se basa en los valores y las luchas de este mundo, sino en la soberanía divina.
La vida de Jesús en sus últimos episodios ilustra muy bien esta pugna esta tensión entre los reinos.
El episodio en el que Jesús es confrontado por Pilato, quien le pregunta si realmente es el rey, se enmarca en un contexto de tensión política y religiosa. Pilato, quizá en tono burlón, le pregunta: "¿Eres tú el rey de los judíos?", sabiendo que el reino de los judíos no existía realmente en ese momento. Judea estaba gobernada por Herodes, quien no era más que un vasallo del Imperio Romano. Para Pilato, el verdadero rey era el emperador romano, mientras que los demás eran simplemente reinos súbditos del imperio.
Por otro lado, los dirigentes judíos querían conservar su identidad como reino, ya fuera el Reino de Israel o el Reino de Judea. Para lograrlo, habían hecho alianzas políticas. Los saduceos, que ocupaban el sacerdocio, habían hecho concesiones a Roma y eran aliados del imperio, el cual les garantizaba el sacerdocio. Los fariseos y otros líderes judíos, en cambio, usaban el poder romano cuando les convenía, pero también alentaban revueltas contra el imperio. Su objetivo era mantenerse bajo el amparo de Roma mientras se consideraban débiles, pero apoyar a los líderes militares y políticos israelitas que prometían liberar a Judea del yugo romano cuando se fortalecían.
En este contexto, Jesús se convierte en una figura peligrosa. El temor de los dirigentes judíos era que Jesús pudiera ponerlos en aprietos con Roma. Sin embargo, el verdadero miedo era que la popularidad de Jesús estaba en aumento, mientras que la de los dirigentes judíos disminuía, impidiéndoles mantener el control absoluto que deseaban.
Lo que conocemos como la crucifixión de Jesús es el resultado de las tramas y mentiras que los dirigentes judíos inventaron para condenarlo a muerte. Esta situación refleja una lucha por el poder y el reino. La condena de Pilato a Jesús para crucificarlo no es más que un esfuerzo por mantener su posición dentro del imperio romano. Pilato sabía que si no entregaba a Jesús, los judíos lo acusarían ante el emperador, poniendo en peligro su posición y reputación.
Por un lado, Pilato se esforzaba por mantenerse en el favor del imperio, y por el otro, los líderes judíos intentaban mantener el control sobre lo que consideraban su reino. En el centro de todo esto estaba Jesús, quien tenía un reino que no era de este mundo. A diferencia de los demás, Jesús no luchaba físicamente para establecer o defender su reino en la Tierra. Su mensaje y acciones trastornaban los pensamientos de aquellos que luchaban por el poder terrenal, llevándolos a reflexionar sobre un reino espiritual y celestial.
Las palabras de Jesús, "mi reino no es de este mundo", debían haber llevado a Pilato y a los líderes judíos a reflexionar y meditar sobre el verdadero reino por el que estaban luchando, y cuál era el rey por el que realmente valía la pena luchar.
Jesús reconocía que los reinos se defienden en medio de la lucha y el conflicto. Cuando un reino está en peligro, hay que luchar por él. Los judíos estaban luchando por su reino, y su enfrentamiento era contra Jesús. Los romanos, por su parte, luchaban por mantener su reino, y su conflicto era contra los judíos. Sin embargo, los judíos a veces se amparaban en Roma para satisfacer los intereses de su reino local.
La lucha por mantener el poder y apoyarse en otros reinos ha sido una constante en la historia de las naciones. Hoy en día, vemos cómo los países pequeños se amparan en las grandes potencias para defender sus intereses, mientras que las grandes potencias apoyan a estos países pequeños, pero también con la intención de mantener su propio poder y control sobre ellos.
Por lo tanto, lo que vemos en la crucifixión de Jesús no es algo nuevo, sino la dinámica constante de los reinos de este mundo. En medio de esa dinámica de los reinos terrenales, se encuentra el reino de Dios, representado en ese momento por Jesús. En la lucha y el conflicto entre estos reinos, el que estaba sufriendo la injusticia y la persecución era el reino de Dios. Aquellos que creían estar luchando por el reino de Dios, pero que realmente estaban más interesados en mantener su poder terrenal, se oponían al verdadero reino de Dios. Aunque algunos de estos líderes religiosos podían ser conscientes de que estaban en peligro de perder el reino de Dios, su deseo de controlar el poder les cegaba.
Los judíos creían que ellos eran el reino de Dios en la Tierra, y ciertamente habían sido favorecidos por Dios. Sin embargo, en medio de la crucifixión, demostraban que no les importaba realmente el reino de Dios. En cambio, estaban más enfocados en sus ambiciones mundanas y en mantener su poder sobre este mundo. Esto ilustra de manera fascinante el conflicto final sobre la Tierra.
En un mundo convulsionado, donde las grandes potencias intentan controlar el poder mundial, el libro de Apocalipsis capítulo 13 muestra dos bestias luchando por el control. La primera bestia representa a las antiguas potencias mundiales y a los reinos de este mundo, con un poder que se presenta con una máscara religiosa, pero que se corrompe con todos los reyes de la Tierra, representando el poder político de este mundo. La segunda bestia representa el protestantismo y el cristianismo actual, que cree tener el reino de Dios y lucha por avanzar su causa. En esta lucha, el verdadero reino de Dios sufrirá persecución.
Si no fuera por la misericordia, el poder y la gracia de Dios, el reino de Dios sería eliminado. Sin embargo, los seguidores del reino de Dios serán fieles, y Dios estará con ellos, tal como el cielo acompañó y fortaleció a Jesús en su juicio. Este panorama se repite a nivel mundial, con el poder dominante del papado y los poderes mundiales apoyando al poder cristiano protestante, que a su vez se apoya en estos grandes poderes. Alegan ser el reino de Dios, pero claramente muestran que lo que realmente les importa es gobernar sobre la Tierra, incluso a costa del sufrimiento y eliminación del verdadero reino de Dios.
En medio de esa lucha y conflicto final, el verdadero pueblo de Dios, los seguidores del reino de Dios, deben tener la misma claridad que tuvo Jesús. Deben estar conscientes de que su reino no es de este mundo, y de que buscan un reino celestial. No es su propósito gobernar la Tierra ni buscar ser los dominadores del mundo, ni siquiera bajo la apariencia de promover la justicia. Los verdaderos seguidores del reino de Dios tienen claro que su reino no es de aquí y que su lucha no es contra los poderes terrenales.
A nivel personal, cada uno de nosotros está definiendo, al igual que el pueblo judío, qué reino vamos a seguir. Somos una representación en miniatura del conflicto que se describe en Juan 18. Estamos decidiendo si nos amparamos en los poderes de este mundo, si buscamos el reino de este mundo y construimos nuestro imperio aquí, o si realmente buscamos el reino que no es de este mundo. En nuestra vida diaria se libra un conflicto que define a qué reino pertenecemos. En nuestro caminar diario, estamos sirviendo al reino de Dios o estamos sirviendo a los reinos de este mundo.
Cada vez que nos empeñamos en servir al reino de Dios, hacemos retroceder el reino de las tinieblas y avanzamos implantando en personas y hogares la bandera del reino de Dios. Como Jesús dijo, “si mi reino fuera de este mundo, mis seguidores pelearían”, dando a entender que los integrantes de un reino luchan por su reino. Nosotros también peleamos batallas, pero a nivel espiritual. No luchamos por defender un reino terrenal, sino por avanzar un reino celestial. Luchamos por arrebatar almas del reino de las tinieblas y del reino de Satanás. Al avanzar en este sentido, estamos demostrando y definiendo a qué reino pertenecemos.
Cuando no peleamos espiritualmente por hacer avanzar el reino de Dios, sin duda estamos luchando terrenalmente por construir nuestro propio reino o por favorecer el reino de las tinieblas. La lucha por hacer avanzar el reino de Dios debe notarse en nuestra vida y mostrar resultados. Esta lucha se ve en la transformación de vidas. Es un privilegio y una alegría ver vidas transformadas porque hemos avanzado hacia esas personas o familias con la bandera del reino de Dios.
Hace unos días, se me acercaron dos personas en la misma semana. Una de ellas llegó a la iglesia donde estaba llevando a cabo una serie de conferencias porque esa noche había salido desesperado buscando un lugar donde congregarse. Estaba atormentado por un espíritu que no le dejaba dormir, le molestaba y le producía cierto grado de locura. Llegó desesperado, pidiendo: "Oren por mí, me está pasando esto". Esa noche pudimos conducirlo hacia Cristo Jesús, llevándolo a confiar en el poder de Jesús sobre las potestades de las tinieblas. Al acercarse al reino de Dios, el reino de las tinieblas tuvo que retroceder.
La otra persona era una mujer. Cuando la visitamos, estaba muy demacrada y comenzó a contarnos que llevaba muchas noches sin dormir. Por curiosidad, había visitado páginas de Facebook que mostraban rituales satánicos y otras cosas similares. Desde ese momento, un espíritu comenzó a molestarla, asustando a su hijo de un año y diciéndole que ella había entregado a su hijo a Satanás. Este espíritu no la dejaba dormir, la mantenía llorando y en diversas situaciones angustiantes. También pudimos llevarla a Jesús, mostrarle el poder de Jesús e invitarla a asistir a la iglesia. Esa semana, estas dos personas fueron liberadas del poder de las tinieblas: el joven fue bautizado y la mujer siguió asistiendo a la iglesia. Aunque por impedimentos de matrimonio no pudo bautizarse, su hijo sí fue bautizado, y Dios ha comenzado a obrar en esos hogares.
Como seguidores de Cristo, debemos gozarnos cuando vemos que el reino de las tinieblas retrocede y que el reino de Dios avanza. Al entender que nuestro reino no es de este mundo, necesitamos avanzar y definirnos por el reino de Dios, permitiendo que este avance y que pronto sea implantado con poder y gloria sobre esta Tierra.
Para ser instrumentos útiles en las manos de Jesús y embajadores de Su reino, necesitamos definir claramente cuál es el reino que estamos persiguiendo. ¿Es el reino de este mundo o realmente nos importa el reino de Dios? ¿Es Jesús el rey sobre nuestra vida? ¿Son los principios del reino de Dios los que rigen nuestras acciones? Tristemente, muchos cristianos hoy se comportan como los judíos de antaño, creyendo que pertenecen al reino de Dios, pero sus acciones demuestran que su interés está en los reinos de esta Tierra. Cuando les conviene, se amparan en el reino de este mundo, y cuando les conviene, buscan el reino de Dios. No se puede vivir en dos reinos. Si queremos ser efectivos en el reino de Dios, no podemos servir a ambos, al reino de Dios y al reino de las tinieblas. Necesitamos definirnos por un solo reino, buscar cada día al rey de ese reino, humillarnos ante Él y comenzar a obrar conforme a sus principios.
La afirmación "mi reino no es de este mundo" debe impactar la mente y el corazón de los hijos de Dios en estos últimos días. Vemos cómo el mundo avanza, unificando y aliando reinos con el objetivo de establecer su poderío en esta Tierra e impedir la entrada del reino de Dios. Necesitamos definirnos por el reino de Dios, emprender nuestra lucha espiritual y gozarnos en hacer crecer ese reino. Debemos hacernos amigos del rey del reino celestial. Un día, no muy lejano, estaremos en la misma posición que Jesús, entre el reino de los poderes de este mundo y el falso reino de Dios sobre esta Tierra. En ese momento, tendremos que estar claramente definidos, como lo estaba Jesús, diciendo: "mi reino no es de este mundo".
Por eso, la invitación es a vivir los principios del reino celestial, a formar parte del reino de Dios, a despojarnos de cualquier simpatía con los reinos de este mundo, y a hacer retroceder el reino de las tinieblas en nuestra vida y en nuestros hogares. Colaboremos con el reino de Dios, llevándolo a los hogares que lo necesitan. Hay familias que el diablo está destruyendo, hijos y jóvenes que el diablo está atrapando. Hay lugares donde el reino de las tinieblas está penetrando, y hermanos en la iglesia que el diablo tiene atados con rencores, malas palabras, malos caracteres, y pereza espiritual. Podemos colaborar para hacer retroceder ese reino de las tinieblas, pero solo si realmente interiorizamos en nuestro corazón y definimos en nuestra mente que nuestro reino no es de este mundo.
Dios nos ayude a tener nuestra mente y nuestro corazón puestos en el reino de Dios.
Cuando hablamos de mayordomía, frecuentemente encontramos el concepto de las 4 "T": el tiempo, los talentos, el templo y los tesoros. Algunos, resumen en estos cuatro elementos lo que significa la mayordomía para el cristiano, y en realidad, este resumen no está desenfocado. Cuando Dios creó los cielos y la Tierra, lo primero que estableció fueron los tiempos. El relato inicial menciona que Dios creó la luz (Génesis 1), y al finalizar cada día, se concluye diciendo "fue la tarde y la mañana, un día". En la creación del cuarto día, organizó el Sol, la Luna y las estrellas para medir los tiempos, las estaciones y los años. Por lo tanto, el tiempo fue un asunto importante en la creación. Al culminar la creación, estableció un espacio de tiempo, un día de 24 horas, el séptimo día (Génesis 2:1-3), en el cual Dios terminó todo lo que había hecho y reposó. Así, bendijo el día de reposo y lo santificó, convirtiéndolo en un regalo especial para el hombre, un regalo de tiem...

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