En la actualidad, existen oradores que se presentan como evangelistas, pero cuyo mensaje se desvía del verdadero evangelio de Jesucristo. Estos individuos, aunque pueden ser elocuentes y carismáticos, ofrecen un mensaje centrado en el bienestar personal y la autoayuda, en lugar de predicar el evangelio transformador que tiene el poder de cambiar vidas. Este fenómeno plantea un desafío significativo para aquellos que buscan la verdad y la regeneración espiritual.
Estos "evangelistas" humanistas adaptan su discurso para agradar al público, centrando su mensaje en el hombre y sus deseos. Promueven un evangelio que se ajusta a las preferencias personales, enfatizando la comodidad y el bienestar emocional sobre la necesidad de arrepentimiento y transformación. Como resultado, estos mensajes son ampliamente alabados por un público que no está interesado en la verdadera regeneración, sino que busca sentirse bien consigo mismo.
El verdadero evangelio de Jesucristo, en contraste, llama a una transformación profunda y radical. Este mensaje confronta el pecado, llama al arrepentimiento y ofrece salvación únicamente a través de la fe en Cristo. El poder transformador del Espíritu Santo es el que guía a una vida nueva, marcada por un cambio de corazón y una relación genuina con Dios. Aunque este mensaje puede ser desafiante y confrontador, es el único que puede llevar a una vida plena y eterna en Cristo.
Otro tipo de evangelistas son aquellos que centran sus discursos en lo que funciona para que las personas se bauticen. Estos evangelistas utilizan argumentos poderosos e irrefutables para demostrar la necesidad de entregar la vida a Jesús. Aunque su discurso es real y convincente, su intención no lo es. Estos evangelistas están más preocupados por aumentar el número de bautismos que por el crecimiento espiritual y la salvación genuina de las personas.
Para estos evangelistas, el objetivo principal es el acto del bautismo en sí, sin importar si las personas realmente han entendido el plan de salvación o si han experimentado una verdadera conversión. No tienen problema en bautizar a una persona múltiples veces, en poco tiempo, ignorando el hecho de que el bautismo es solo el comienzo de un viaje espiritual, no un fin en sí mismo. Este enfoque superficial en las cifras es especialmente atractivo para las administraciones eclesiásticas, que valoran las estadísticas parciales y los números elevados de bautismos.
Este tipo de evangelistas son frecuentemente elogiados, premiados y promovidos debido a sus impresionantes estadísticas de bautismos. Sin embargo, estas cifras no reflejan el verdadero número de personas que han sido transformadas por el evangelio. El énfasis en las estadísticas puede llevar a una iglesia superficial, donde el crecimiento numérico se valora más que el crecimiento espiritual.
El verdadero evangelismo no solo busca bautizar, sino también discipular. Jesús llamó a hacer discípulos, no solo a bautizar. Esto implica acompañar a las personas en su caminar con Cristo, asegurándose de que entiendan y vivan el evangelio. Un verdadero evangelista se preocupa por el crecimiento espiritual y la salvación eterna de las personas, no solo por aumentar los números de bautismos.
Afortunadamente existe un tipo de evangelista que se destaca por su compromiso genuino con la misión de Dios y el bienestar espiritual de las personas. Estos buenos evangelistas no solo predican un mensaje completo de salvación, sino que también se aseguran de que las personas lo entiendan y lo vivan. Siguiendo el ejemplo del apóstol Pablo, estos evangelistas están pendientes del crecimiento espiritual de sus seguidores y les ayudan a vivir en Cristo de manera auténtica y transformadora.
A diferencia de los evangelistas que buscan cifras impresionantes de bautismos o los que ofrecen un mensaje centrado en el bienestar personal, estos buenos evangelistas se enfocan en el discipulado y el crecimiento espiritual continuo. No son necesariamente elogiados por las administraciones eclesiásticas ni aclamados por las multitudes, pero sí son profundamente apreciados por aquellos cuyas vidas han sido transformadas por su intermedio. Su impacto se mide no en estadísticas superficiales, sino en historias de transformación que revelan el poder de Dios a través del evangelio.
Estos evangelistas entienden que la misión de Dios va más allá de las conversiones iniciales; implica un proceso continuo de crecimiento y madurez espiritual. Ellos acompañan a las personas en su caminar con Cristo, ofreciendo apoyo, enseñanza y ejemplos vivos de una fe transformadora. Siempre tienen testimonios de vida para compartir, evidenciando cómo Dios ha obrado poderosamente en aquellos a quienes han ministrado.
Cuando la iglesia comprenda y adopte la verdadera misión de Dios, veremos un aumento en la calidad y la cantidad de buenos evangelistas. Estos líderes serán reconocidos no por sus números, sino por las vidas transformadas y el crecimiento espiritual genuino de sus seguidores. La medida del éxito en el evangelismo no será cuántas personas se bautizan, sino cuántas vidas son verdaderamente cambiadas por el poder del evangelio. Con más evangelistas dedicados a esta misión, la iglesia podrá cumplir de manera más completa la Gran Comisión, llevando el mensaje de Cristo de manera profunda y efectiva al mundo.
Cuando hablamos de mayordomía, frecuentemente encontramos el concepto de las 4 "T": el tiempo, los talentos, el templo y los tesoros. Algunos, resumen en estos cuatro elementos lo que significa la mayordomía para el cristiano, y en realidad, este resumen no está desenfocado. Cuando Dios creó los cielos y la Tierra, lo primero que estableció fueron los tiempos. El relato inicial menciona que Dios creó la luz (Génesis 1), y al finalizar cada día, se concluye diciendo "fue la tarde y la mañana, un día". En la creación del cuarto día, organizó el Sol, la Luna y las estrellas para medir los tiempos, las estaciones y los años. Por lo tanto, el tiempo fue un asunto importante en la creación. Al culminar la creación, estableció un espacio de tiempo, un día de 24 horas, el séptimo día (Génesis 2:1-3), en el cual Dios terminó todo lo que había hecho y reposó. Así, bendijo el día de reposo y lo santificó, convirtiéndolo en un regalo especial para el hombre, un regalo de tiem...

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